El debate del DSM-5

                                                                                                                                                        Hace apenas dos meses, la asociación americana de psiquiatría presentó la nueva edición del DSM-5, el manual diagnóstico y de enfermedades mentales. Antes de su publicación ya se escuchaban rumores y opiniones sobre varios cambios que parecían no convencer mucho a los profesionales.

DSM5

Entre la antigua versión (DSM-IV-TR) y el actual (DSM-5) hay un exceso de nuevos diagnósticos, ¿significa esto que ahora estamos más enfermos?

Por lo visto han cambiado algunos criterios diagnósticos que hacen que conductas normalizadas, ahora se consideren patológicas.

Debemos entender, que un psicólogo ayudará a las personas para que sus comportamientos no lleguen a ser desadaptativos. Es decir, que alguien llegue triste a sesión por una ruptura de pareja reciente, o la muerte de un ser querido o porque le han echado del trabajo, es un comportamiento perfectamente adaptativo y se manifiesta en forma de “tristeza”. Ahora bien, si esa persona lleva un largo periodo de tiempo, sigue con un estado de ánimo bajo y esto afecta a su vida cotidiana, entonces podríamos entender que esa persona necesita ayuda.

Por lo visto, según el DSM-5 una persona que acaba de perder a un ser querido, entraría dentro de los criterios diagnósticos de trastorno depresivo mayor.

¿Y tiene tanta importancia ponerle nombres a las cosas?

Poner nombre a los acontecimientos o problemáticas tiene en ocasiones una función de alivio o disminución de ansiedad por la sensación de control que genera en nosotros. Es decir, si llevas mucho tiempo yendo al médico y no saben decir qué es lo que ocurre, suele llevar a una situación de indefensión (no sé lo que tengo, por lo tanto tampoco puedo hacer nada para mejorarlo). En el momento que se puede responder a “qué es lo que me pasa” se suele reaccionar para solucionar el problema

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Pero otras veces ocurre lo contrario. Es común ver en clínica cómo las etiquetas y diagnósticos afectan a las personas y generan resignación, en vez de una reacción para el cambio terapéutico. Se suele escuchar “verás, yo no puedo hacer eso porque como soy obsesivo-compulsivo, como soy bulímica, como soy_________”

El caso es que las etiquetas en ocasiones asustan y además parece que eximen de la  responsabilidad a la hora de participar en el tratamiento, es decir si yo SOY obsesivo compulsivo, parece que nada más que unas pastillas de por vida pueden cambiarlo.

Hay que tener en cuenta que el DSM-5 actúa a modo de recetario, algo que describe patrones  de cómo se manifiestan algunos problemas, pero en intervención SIEMPRE hay que tener en cuenta las images (1) de cada caso para asegurar unos resultados eficientes y efectivos.

Aquí dejamos el link de una publicación sobre este tema:

http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/05/17/actualidad/1368744205_051777.html

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Andrea López Bosch

Psicóloga, Equipo ERGO

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La prisas no son…adaptativas

Hace poco más de dos semanas me encontraba en un aeropuerto, a la espera del control de pasaportes que se demoró hasta hora y media. No había muchas opciones de distracción y entretenimiento que escuchar música o que contemplar a los viajeros que se disponían a esperar a ser llamados.

Según iban pasando los minutos, se empezaban a ver cambios en el comportamiento en las personas. Algunas empezaban a mirarse entre sí, de repente alguien abrió la veda y comentó que aquello era una tomadura de pelo, que con lo que se paga por viajar ya podrían darse más prisa, que cómo son los américanos de paranoicos, que por qué hay gente tan incompetente trabajando y un largo etcétera al que se unió un gran número de personas. Los que no comentaban nada o se asomaban entre la muchedumbre para poder anticipar cuánto tardarían, miraban su móvil de forma sistemática, otros jugaban con su tablet y otros se mordían las uñas o bien mostraban síntomas de ansiedad.

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Pues bien, el objetivo de este artículo es tratar el tema de la demora del refuerzo, algo que cada vez toleramos con más dificultad debido a numerosos factores a los que estamos sometidos.
La demora del refuerzo es aquello que la mayoría de las personas conocerían como “la fuerza de voluntad”. Cuando alguien dice que otra persona tiene mucha fuerza de voluntad lo que está observando es que hay gente que puede hacer determinadas cosas a pesar de no recibir un refuerzo a corto plazo. Uno de los ejemplos más claros se pueden ver en personas que quieren dejar de fumar.

Las gente que logra dejar de fumar ha aprendido que, a pesar de tener unas ganas evidentes de encender un cigarrillo y fumárselo (refuerzo a corto plazo), en un futuro va a obtener beneficios ya que mejorará su salud, ahorrará dinero, no olerá a humo…(refuerzo a largo plazo).

Las personas que se quedan en el proceso, son aquellas que aunque sean conscientes de las ganancias a largo plazo, en el momento le restan importancia o directamente las evitan para no sentirse mal por “romper con su promesa”. Si están delante de otro fumador o en una situación social será más probable que fumen porque se dicen “de algo hay que morir, por uno más no pasa nada, yo es que no tengo fuerza de voluntad, hoymejor no que es lunes”, así que por un lado se diluye esa responsabilidad y por otro se obtiene ese refuerzo a corto plazo, fumar en ese mismo instante. Pero en cuanto se han fumado el cigarrillo, vuelve esa sensación de culpabilidad y se vuelven a prometer que no caerán en la tentación de nuevo.

¿Cómo aprendemos la demora del refuerzo?

Cuando somos niños, básicamente nos comportamos en base al refuerzo inmediato. Si pasábamos delante de un mostrador de juguetes podíamos llorar y tirarnos al suelo para que nuestros padres nos compraran algo en ese mismo momento. A base de ensayos, podíamos ir aprendiendo que si nos lo compraban, teníamos una buena estrategia, llorar como locos hasta que los padres abrumados por el bochorno, accedieran a comprarlo. A los que no nos compraban ese juguete a pesar de montar el número, aprendíamos a tolerar que no siempre se puede hacer lo que uno quiere y menos en ese mismo instante.

Por repetición y según vamos creciendo, empezamos a incluir las normas sociales, que tienen que ver mucho con el control de impulsos, ya que anticipamos que si nos comportamos de una forma inadecuada, podemos ser catigados por otras personas. Una vez somos adultos no se nos ocurre tirarnos al suelo para que nos compren algo, no escupimos la comida que no nos gusta encima de la mesa, no nos bajamos los pantalones en medio de una plaza concurrida a pesar de tener muchas ganas de hacer pis, esperamos a final de mes para cobrar nuestros sueldos… y quien muestre comportamientos similares a los expuestos en los ejemplos, podríamos decir que no toleran la demora del refuerzo.

¿Por qué cada vez es más difícil llevar a cabo acciones cuyo refuerzo es a largo plazo?

Nuestra forma de vida cada vez está dificultando más que podamos tolerar la demora del refuerzo.

Antes con el teléfono fijo, no nos quedaba otra que esperar a llegar a casa y hacer una llamada, vamos a restaurantes de comida rápida, comprobamos el mail a todas horas, exigimos respuestas rápidas a aquellos que necesitan más tiempo para tomar decisiones…

images-2Los ejemplos más claros los podemos encontrar en el ámbito de las tecnologías, concretamente con las redes sociales y los programas de mensajería gratuita en los teléfonos móviles. De hecho está habiendo un aumento de casos en clínica relacionados con la ansiedad que implican este tipo de programas. Hay discusiones de pareja por fotos que se suben a la red, por no contestar los mensajes que según lo que ponía en la pantalla estaba leídos, hay familias que acuden a un restaurante y cada comensal para llevar “mejor” la espera, juega con el móvil y no considera que tener una charla amena con las personas presentes sea una opción. En otras ocasiones, cuando el semáforo se ha puesto en verde, los coches de detrás tardan menos de un segundo en tocar el claxon para llegar antes a un sitio y lo que es peor, a veces ir a velocidades absurdas y presionando a otros conductores, primando el hecho de llegar antes e ignorando el peligro que supondría para sus vidas.

Cuanto más se diseñe nuestro estilo de vida bajo estos criterios de refuerzo inmediato, menos expuestos estaremos a las situaciones de refuerzo a medio o largo plazo y por lo tanto no se dará ningún tipo de aprendizaje.images-1

La fuerza de voluntad no viene sola, sino que se trabaja y si no nos exponemos a esas situaciones para manejar los tiempos de espera, lo más predecible es que vayamos siendo cada vez más impacientes en nuestra vida familiar, sentimental, académica, laboral o de ocio.

Una buena anticipación y análisis de las situaciones que nos exigen demorar el refuerzo, nos servirán para poner en marcha estrategias adecuadas para evitar que esa ansiedad afecte a nuestra vida cotidiana.

Andrea López Bosch
Psicóloga, Equipo ERGO

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Medicalizar la vida cotidiana

pastillas21Estudios recientes muestran que desde el año 2000 se viene produciendo un incremento en la prescripción y gasto en psicofármacos. España se encuentra desde hace años muy por encima de la media europea en consumo de antidepresivos y de ansiolíticos. Las cifras resultan clarificadoras: En 2010 se vendieron 76,9 millones de envases de psicofármacos, cada año se genera al sistema de salud un gasto de 188,2 euros por consumidor y un solo paciente con Ansiedad Generalizada genera un  gasto anual de 5.130 euros. Sin embargo, las investigaciones cada vez sustentan menos la eficacia de dichos fármacos para tratar problemas psicológicos como la ansiedad y depresión y en su lugar, van recibiendo mayor apoyo las intervenciones de carácter psicológico, en cuanto a eficacia se refiere. No obstante, dentro del Sistema de Salud español aún no se han realizado los cambios necesarios que permitirían un mejor abordaje de estos problemas (que representan entre el 30-40% de las consultas en Atención Primaria), por lo que la solución más rápida y sencilla sigue siendo la prescripción de un fármaco que palie los síntomas del paciente. Sin embargo, a largo plazo los problemas se mantienen y cronifican (pues una pastilla no enseña a la persona a superar sus problemas), derivando en grandes gastos para el estado y sufrimiento para la persona.

Héctor González Pardo y Marino Pérez Álvarez publicaron en 2007 el libro “La invención de los trastornos mentales” (Alianza Editorial) en el que reflexionan sobre la naturaleza de los problemas psicológicos y sobre esta tendencia existente en la comunidad médica de concebirlos como enfermedades mentales con causa biológica (desarreglos bioquímicos del cerebro) y por tanto, a tratarlos a través de psicofármacos (siendo coherentes con esa concepción biomédica). Esta concepción de los problemas psicológicos como enfermedades mentales es el modelo asumido por buena parte de los profesionales de la salud y, como vemos, tiene implicaciones en la atención sanitaria que se ofrece.

medicina2El modelo de “enfermedad mental” al uso en contextos sanitarios (tanto en Atención Primaria como en Salud Mental) da a entender que los problemas psicológicos (psiquiátricos o mentales) son “enfermedades como otra cualquiera”. Este modelo se basa en dos premisas:

  1. Definir el problema presentado por la persona a través de un listado de síntomas.
  2. Suponer que el problema deriva o es causado por un desequilibrio neuroquímico.

Ninguna de estas asunciones es del todo correcta, o al menos así de simple:

Manual DiagnósticoRespecto al primer punto, la definición del problema a través de un listado de síntomas viene facilitada por los manuales diagnósticos establecidos: el DSM o la CIE, que son los sistemas de clasificación de las enfermedades utilizados internacionalmente por la comunidad científica y médica. Estos manuales enumeran una serie de conductas o “síntomas” prototípicos que podrían aparecer si se dan determinados problemas psicológicos.  Con tal de reunir 5-6 síntomas de una serie de 10 ó 12, uno poseería un diagnóstico formal (depresión, ansiedad, trastorno de pánico, fobia social, etcétera). No obstante, los síntomas que cumpliría una persona con el diagnóstico de depresión, podrían ser diferentes a los que cumple otra y sin embargo, ambos recibirían la misma etiqueta diagnóstica y el mismo tratamiento farmacológico (en este caso antidepresivos).

 Jigsaw pieceLa entrevista diagnóstica que hace el médico de Atención Primaria o el psiquiatra es, bajo esta perspectiva y como describe Marino Pérez, (2008) “un puzzle en el que el paciente tiene las piezas y el clínico trata de encajarlas en un cuadro, escogiendo unas y dejando fuera otras. Una vez resuelto dicho puzzle (diagnóstico), lo siguiente es la prescripción del psicofármaco de turno”.

Con esta manera de conceptualizar los problemas psicológicos que tiene el modelo médico, el problema no sólo queda reducido a una lista de síntomas (un síndrome), sino que es despojado de su sentido psicológico (de las circunstancias de vida y del contexto biográfico, personal y ambiental en el que la persona interactúa) que es lo que proporciona la clave para entender cómo se ha generado ese problema y por qué se mantiene.

Respecto al punto dos, al presuponer un desarreglo neuroquímico como base del problema, se justifica precisamente la derivación de un tratamiento farmacológico y hace necesaria la asignación de un diagnóstico que permita decidir el fármaco más adecuado (si se trata de un problema de ansiedad, se prescribirá un ansiolítico y si se trata de una depresión, un antidepresivo). Una vez hecho el diagnóstico y prescrito el fármaco, lo siguiente será modificar la dosis en función de la evolución de los síntomas. El problema con el que nos encontramos es que los problemas que presentan las personas no son ni tan puros ni tan sencillos como para ser solucionados por una pastilla.

PsicólogoEn lugar de “escuchar a la persona” y entender cuál es la causa real de su malestar y de su problema se opta por lo que Marino Pérez ha denominado “escuchar al fármaco” (atender a los efectos que causa la medicación en la conducta del paciente para valorar la intervención, sin atender a si se ha dado alguna modificación en sus circunstancias vitales o en sus habilidades de afrontamiento). Como vemos, es toda la lógica del sistema, empezando por el modo de conceptualizar el problema y continuando por el modo de intervenirlo, la que está errada. Los propios médicos cada vez son más conscientes de las limitaciones del sistema cuando se trata de intervenir problemas psicológicos y de la necesidad de incorporar la atención psicológica ya desde el Servicio de Atención Primaria, lo que reduciría las largas listas de espera de la especialidad de Salud Mental y mejoraría la calidad asistencial.

Por su parte, la investigación psicopatológica no ha logrado establecer con base suficiente ningún desequilibrio neuroquímico específico en relación con ningún trastorno mental y menos, ha podido probar que los desequilibrios neuroquímicos sean causa de los problemas psicológicos o los trastornos mentales o sólo correlacionen con estos. Estos desequilibrios son más una suposición del modelo psicofarmacológico que algo evidenciado por datos y parece que tienen que ver más con dispositivos del marketing farmacéutico que con hallazgos científicos reales. De hecho, hay muchas investigaciones que aportan pruebas de la escasa eficacia de los psicofármacos para la eliminación de los problemas psicológicos. Algunas de estas investigaciones son las llevadas a cabo por el psicólogo Irving Kirsch con fármacos antidepresivos, encontrando que éstos no son significativamente más eficaces que cualquier otro placebo. A estos datos se suman los que demuestran que la intervención psicológica es el tratamiento más eficaz a medio y largo plazo para la depresión, reduciendo la probabilidad de recaída. Puede verse las explicaciones de Irving Kirsch en este interesante vídeo:

Una conceptualización alternativa de los problemas psicológicos

La conclusión de todo esto es que los trastornos psicológicos no son enfermedades que derivan de una base orgánica o biológica, sino que tienen, como su nombre indica, causa psicológica. Emergen durante la interacción cotidiana de la persona con su entorno, cuando en este proceso de interacción aparece algo que la persona no sabe afrontar o que afronta de un modo inadecuado, derivando en malestar y otros problemas. Dada esta conceptualización, la intervención más adecuada es la Intervención Psicológica, consistente en: 1) Analizar las características del problema (sin importar tanto si se llega a cumplir algún criterio diagnóstico o no, puesto que se entiende que cualquier conducta que genere malestar a la persona es lo suficientemente relevante para ser intervenida y modificada) y 2) Ayudar a la persona no sólo a entender su problema, sino también a desarrollar las habilidades necesarias para solucionarlo. Esto capacita a la persona para resolver el problema actual y le permite adquirir una serie de aprendizajes que le ayudarán a prevenir problemas futuros.

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En lugar de funcionar como parche para unos síntomas, la terapia psicológica resuelve el problema de raíz, interviniendo en las conductas problema y en las variables ambientales que son causantes de las mismas.

Referencias:

González Pardo, H. y Pérez Álvarez, M. (2007). La invención de trastornos psicológicos. ¿Escuchando al fármaco o al paciente? Alianza Editorial.

Miriam Rocha Díaz

Psicóloga, Equipo ERGO

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Un acercamiento a la drogadicción

Me gustaría contar sobre mi experiencia en una clínica de rehabilitación de drogadictos. En primer lugar, contaré algunos aspectos generales sobre las drogas y a continuación, escribiré de manera general sobre los casos tratados en la clínica en la que trabajo. Me gustaría adelantar que en esta clínica se tratan casos muy extremos: por ejemplo, la mayor parte de los pacientes han estado en la cárcel y han estado algún tiempo viviendo en la calle. Sus experiencias son muy duras y el éxito de la rehabilitación es, por desgracia, muy limitado. Estos no son los casos que se suelen tratar en una consulta de un gabinete psicológico, pero es otra de las facetas del consumo de drogas que también es interesante conocer. Pero primero, veamos alguna información general sobre las drogas.

El consumidor medio inicia su consumo a edades tempranas con cannabis. Posteriormente, comienza a consumir anfetaminas y drogas sintéticas, muchas veces de manera experimental. Las siguientes drogas que consume suelen ser cocaína y, por último, heroína. En algunos casos, pasa de las drogas sintéticas directamente a la heroína. En otros, no se llega al consumo de heroína. Llegados a grandes cantidades de sustancia, suele consumir las drogas de manera combinada: por ejemplo, cocaína para alcanzar un alto estado de activación y heroína para reducir los efectos.

Las cantidades de consumo van aumentando dado el efecto de habituación del cuerpo a las sustancias. Así, es necesaria una mayor cantidad de sustancia para alcanzar los mismos efectos.

Las drogas se podrían clasificar según sus efectos. Así, un primer tipo de drogas, como el cannabis o la heroína, genera sensaciones de relajación y bienestar. Estas drogas se suelen usar para la eliminación de recuerdos de experiencias negativas (como la violación de nuestros derechos; pérdida de algún ser querido; etc) y emociones y sensaciones negativas (insatisfacción con uno mismo; frustración; ansiedad y estrés etc). Gracias a los efectos químicos se consigue la eliminación de pensamientos, que en los consumidores típicos pueden ser “me siento solo”, “no valgo nada”, y las emociones negativas asociadas como soledad, tristeza o miedo.

Un segundo tipo de drogas (como las anfetaminas y la cocaína) generan sensación de euforia y de activación. Estas drogas son empleadas para la generación de sensaciones nuevas: es muy típico que estas drogas se consuman en fiestas para aumentar las emociones positivas ya existentes y llegar a la euforia. Estas drogas también se usan para mejorar el estado de ánimo. Otros consumidores toman anfetaminas para mantener altos niveles de actividad, como la laboral. En estos casos, los consumidores pueden llegar a dormir unas 6-10 horas por semana y el resto del tiempo lo dedican a trabajar y a encargarse de determinadas tareas, muchas veces para la pareja o la vida familiar (cuidado de los niños, de la casa y encargarse de los ingresos, con jornadas laborales interminables). Son muy típicas de los consumidores de esta droga creencias como “tengo que rendir al 120% para demostrar que los demás me importan”, “los deseos de los demás son más importantes que los míos”. A pesar de notar fatiga, siguen manteniendo el nivel de actividad ya que, de no hacerlo, generarían auto-reproches del tipo “soy un egoísta”, “si pienso en mí, nadie va a cuidar de mi familia, y yo soy el responsable” que les generan emociones negativas.

Como se puede comprobar, el consumo de drogas es una estrategia que se puede aprender hasta llegar a automatizarla. Por los efectos que puede conllevar (como se verá más adelante), es adecuado sustituirla por otro tipo de estrategias. Por ejemplo, en el caso de una persona que trabaja sin parar para demostrarse a sí mismo y a los demás que cuida de otros, sería conveniente trabajar su creencia y enseñarle a expresar sus propios deseos. De no hacerlo, el mantener los altos niveles de actividad, unido a la falta de sueño y a la ingesta de sustancias puede llevar a graves consecuencias para la salud. En el caso del consumo de cannabis para reducir la ansiedad, una estrategia alternativa sería la de emplear métodos de relajación y seguramente una interpretación alternativa de las situaciones generadoras de estrés. La ausencia de drogas puede hacer que la persona ya no sea capaz de afrontar situaciones sin su ayuda, además de ingerir, de nuevo, cada vez mayores cantidades de sustancia con los consecuentes efectos sobre el estado de salud.

Pasemos ahora a los pacientes que suelen realizar su terapia en clínicas de rehabilitación. En estas clínicas, los pacientes permanecen entre 3 y 9 meses en régimen de internos en la clínica con el objetivo de conocer las razones que les han llevado a iniciar y mantener el consumo de drogas y aprender a emplear estrategias alternativas al consumo ante los factores de riesgo. La clínica cumple, además, la función de proporcionar un contexto libre de drogas que supone el primer paso para la salida del círculo vicioso. Cuando sólo se conoce a gente relacionada con el consumo, los intentos por dejar de consumir fracasan en un alto porcentaje ya que se requiere tiempo para aprender y estabilizar las nuevas estrategias que favorezcan el no consumo. Hasta ese punto, disponer de drogas en el entorno al alcance de la mano hace casi imposible que el aprendizaje dé lugar.

En este tipo de clínicas es muy típico que el comienzo del consumo de sustancias ilegales se sitúe en edades más tempranas que la media. Las experiencias que han tenido estas personas suelen ser muy extremas: algunas han sido maltratadas físicamente o psicológicamente en sus familias, ya sea siendo acusadas de ser las culpables de un matrimonio roto o teniendo unos padres que no pasan apenas tiempo con ellas, desarrollando un sentimiento de abandono y soledad; otras han vivido en varios hogares de acogida y nunca han sido queridas; otras han sufrido abusos sexuales siendo muy jóvenes. En muchos otros casos los pacientes son hijos de drogadictos y han crecido en un vecindario en el que las drogas y la violencia están a la orden del día.

Lo que han aprendido estas personas es que no son queridas, que no son importantes, que todo lo que hagan o digan está mal, que la expresión de emociones es algo negativo, que la violencia es un método legítimo, que las drogas les hacen escapar de su entorno, que las drogas dan poder.

El inicio del consumo de drogas se ve muy facilitado por los factores anteriormente mencionados y se mantiene, como se ha explicado antes, por sus efectos, generando sensaciones positivas y eliminando negativas. Aquí se plantea la pregunta de la prevención: en algunos de los casos mencionados anteriormente, un niño no dispone de los recursos como para poder dejar a una familia de ese tipo o para introducir cambios. El consumir ha formado parte de su supervivencia y de adaptación al medio. Las consecuencias de no hacerlo podrían haber sido incluso peores.

En el caso de las drogas ilegales, el aumento de la cantidad de la sustancia para seguir percibiendo los efectos, hace que los consumidores empiezan a acumular deudas tras poco tiempo. Para poder seguir adquiriendo drogas y consumir, comienzan a realizar delitos si no disponen de otros medios para obtener medios económicos. Por ello, comienzan una espiral de criminalidad de la que resulta difícil salir. Hacer negocios con drogas genera mucho dinero en poco tiempo, pero implica muchos riesgos. En muchas ocasiones, el “trapicheo” se amplia a, por ejemplo, armas, prostitución etc. Se suele tener la imagen de drogadictos incapaces, que únicamente se dedican al consumo en sí, pero se trata muchas veces de gente que, por necesidad, ha aprendido a tener grandes habilidades y gran capacidad de influencia y poder.

Las personas dependientes al alcohol, al ser éste una sustancia legal, llevan a cabo muchos menos actos delictivos, a pesar de poder generar igualmente muchas pérdidas de dinero.

Entrando ya en el tratamiento a aplicar en estos casos, el lograr que estas personan dejen las drogas es, por un lado, cuestión de trabajar sobre la percepción que tienen de uno mismo, de la aceptación de determinadas experiencias llamémoslas traumáticas o del entrenamiento de nuevas habilidades. Muchos drogadictos han pasado años bajo el efecto de las drogas y han dedicado su vida en exclusiva a conseguir nueva. Por tanto, se trata de personas cuyo desarrollo de capacidades y habilidades se ha visto limitado al encontrarse en un estado físico alterado durante largos periodos. En muchos de los casos, hay que empezar con habilidades muy básicas, sobre todo en relación al control de impulsos y emociones.

El nivel de agresividad que se vive en estas clínicas es muy alto por la ausencia de aprendizaje en el manejo de emociones por parte de un gran porcentaje de pacientes. Por otro lado, en muchos casos, los pacientes han vivido experiencias traumáticas de las que nunca han hablado con nadie, por falta de recursos (ausencia de personas de confianza) o a causa de creencias mantenidas en el entorno (si muestro que algo me ha molestado soy débil). Aquí entra en juego el consumo: a través de las drogas las emociones se reducen. Los pacientes pueden pasar años sin sentir ningún tipo de emoción, ya que las drogas las silencian. De esta manera, no aprenden a manejar las emociones, e incluso no saben darles un nombre. No es raro que los pacientes comenten que “no sé lo que es sentir tristeza”, o “me siento vacío, no tengo nada dentro” o “noto cosas, pero no sé lo que es”. A estos pacientes hay que ayudarles a identificar y describir las emociones, algo que se suele aprender en etapas mucho más tempranas del desarrollo.

Una vez que se eliminan las drogas (ingresados en la clínica, se hacen controles de orina para asegurar la ausencia de consumo) y aparecen de nuevo los pensamientos y las emociones, los pacientes se enfrentan por primera vez a la necesidad de poner en marcha cualquier otra estrategia para reelaborar la información, excluyendo la del consumo. Resulta un proceso muy duro: el recuerdo de determinadas experiencias genera altos niveles de ansiedad y los pacientes se muestran irritables.

El tratamiento consiste, en segundo lugar, en un cambio de los valores. Un factor que hace muy difícil el lograr que una persona aprenda a vivir sin drogas es que muchas de ellas han llegado a manejar mucho dinero con la compraventa de drogas y asocian el valor de ellos mismos y de los demás con según la cantidad de posesiones que se tienen; o con una visión de las relaciones sociales muy funcional (por ejemplo, acuden a su pareja cuando desean mantener relaciones sexuales y pasan el resto del tiempo en cualquier sitio menos con la pareja; las personas son interesantes mientras se obtenga algo material de ellas, sino, no se pierde el tiempo con ella). La expresión de sentimientos o los pequeños placeres de la vida son aspectos desconocidos para muchos drogadictos dados el entorno en el que se mueven y los valores que se promueven. A causa de sus experiencias y a los valores en el mundo del consumo, la relación de cercanía personal es funcional, consideran que no se puede confiar en nadie, se recibe atención y reconocimiento social por conductas como la agresividad de “tipo duro”. Mostrar sentimientos es mostrar debilidad. Trabajar todos los días recibiendo un sueldo medio es una pérdida de tiempo pudiendo tener más dinero en menos tiempo y con menos esfuerzo. Tener sólo una pareja pudiendo disponer de varias y poder elegir es absurdo. Como nunca nadie se ha ocupado de ellos o les han tratado bien, ellos tampoco lo tienen que hacer con los demás. Quisiera recalcar, sin embargo, que no todos los drogadictos mantienen esas creencias. Muchos de ellos quieren dejar de sufrir, salir del círculo vicioso que suponen las drogas y la criminalidad, y buscan lo que cualquier ciudadano de a pie quisiera para él mismo: una familia, un trabajo y estar satisfecho con la vida que lleva, dejando las drogas a un lado.

Se trata de un trabajo muy laborioso que requiere tiempo y una gran capacidad de tolerancia a la frustración por parte de las personas que trabajamos con drogadictos. Sin embargo, es un proceso genial poder ver el progreso de algunas de estas personas, y ver cómo en un breve espacio de tiempo son capaces de mostrar otro tipo de creencias y comportamientos. Y aunque la tasa de éxito sea bastante baja (sólo entorno a un 8% de las personas que terminan la terapia no ha recaído un año después), cuando se consigue reintegrar a un pacientes en la sociedad la sensación de satisfacción es muy grande y anima a continuar.

Marina González Biber

Psicóloga, Equipo ERGO

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El estudio de las pesadillas

    Cuando los soldados volvían a sus casas tras haber estado en Iraq, se empezó a investigar sobre la posibilidad de prevenir la aparición de pesadillas que les afectaban de manera notable y que alteraban su calidad de vida. Además, se han venido buscando las posibles aplicaciones para trabajarlo igualmente con personas que hayan sufrido abusos sexuales y, en definitiva, eventos muy negativos en sus vidas que volvían a aparecer en sueños.

En la siguiente publicación de la revista TIME se exponen distintas opciones de  tratamientos que implican la farmacología, pero se hace especial hincapié en la posibilidad de trabajar las pesadillas recurrentes a través de la intervención psicológica. Un hecho aversivo puede aparecer de nuevo en los sueños, pero el hecho de que las pesadillas se repitan, puede tener un componente aprendido, es decir, cuanto más se sueña con un determinado contenido, éste se puede convertir rápidamente en un hábito.

Se expone un tipo de tratamiento para las pesadillas llamado “Imagery rehearsal therapy(IRT). Este tratamiento se basa en el condicionamiento encubierto, es decir, se plantea al paciente que imagine aquello que quiere soñar, cualquier cosa que no sea el contenido de sus pesadillas. Luego lo escribirá y tomará unos minutos al día para cerrar los ojos e imaginar el sueño. De esta manera se estaría aprendiendo ese nuevo contenido.

De forma simultánea se plantea que el detonante de las pesadillas pueden ser los problemas respiratorios, ya que se detectó que en un grupo de personas que solían tener pesadillas, además tenían apnea mientras dormían. Por este motivo, varios autores se plantearon que si se trata el problema de apnea, entonces las pesadillas desaparecerían. Pero sin duda alguna, esta teoría se queda corta.

Finalmente se llega a la conclusión de que todavía hay mucho por investigar y que el tipo de aproximación a esta problemática probablemente necesite hacerse a través de dos vías: la psicológica y la fisiológica.

A continuación dejamos el artículo original para poder leerlo con más detenimiento y detalle.

http://www.time.com/time/magazine/article/0,9171,2118290-7,00.html

Andrea López Bosch
Psicóloga, Equipo ERGO

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La Personalidad: ¿A qué nos referimos?

     A pie de calle está bastante extendida la concepción de la Personalidad como una “forma de ser” que caracteriza a la persona y que es bastante difícil de modificar. Se concibe como una especie de “esencia” interna que diferencia a la persona de otras y le hace ser único. Se le suele atribuir además un carácter innato, razón por la cual se considera difícil de modificar, llegando esta creencia en ocasiones a justificar ciertos comportamientos o la ausencia de cambio de los mismos: “Soy así, no puedo evitarlo”.

¿Cómo se define la Personalidad desde el punto de vista psicológico?

Estaríamos de acuerdo en que la Personalidad hace referencia a un “modo estable de ser” (de comportarse) de cada persona, es decir, por Personalidad aludimos a una serie de patrones de comportamiento relativamente estables que tienden a desplegarse ante un gran conjunto de situaciones vitales. Es por ello por lo que nosotros mismos y la gente que nos conoce, en base a la experiencia previa de cómo nos hemos comportado en el pasado en situaciones similares, podemos/pueden hacer predicciones relativamente certeras sobre cómo nos podremos comportar. No obstante, el que existan en nuestro repertorio de conductas patrones de comportamiento relativamente estables no quiere decir 1) Que dichas tendencias o patrones sean innatos, 2) Que éstos determinen nuestra conducta en cualquier situación y 3) Que no puedan ser modificados.

Clarificando la noción de Personalidad…

Expliquemos uno a uno los puntos anteriores:

1)      La Personalidad no es innata: Venimos al mundo con un repertorio de reflejos (innatos) muy básicos a partir de los cuales empezamos a interactuar con el entorno y a desarrollar patrones de conducta cada vez más complejos (aprendidos). A lo largo del desarrollo, las conductas que vamos incorporando a nuestro repertorio son cada vez más elaboradas, incluyéndose tanto conductas motoras observables, como creencias y modos de pensar, formas de sentir, reaccionar, emocionarse… Todas estas conductas observables y encubiertas que incorporamos son producto de los aprendizajes que tienen lugar en nuestra interacción con el entorno. Innatos sólo serían esos reflejos básicos iniciales, a partir de ahí, lo demás es aprendido a través de la experiencia directa, la observación de otros, la información que nos transmiten verbalmente otras personas, nuestra capacidad de razonamiento…

 2)      La Personalidad no determina nuestro comportamiento: A lo largo de nuestra historia de vida vamos confeccionando lo que se denomina “Historia de Aprendizaje”. Ésta alude a todos aquellos comportamientos (maneras de actuar, sentir, pensar y reaccionar) que por haber sido funcionales (útiles) en repetidas ocasiones, hemos ido incorporando a nuestro repertorio. Lo que nos es útil lo incorporamos a “nuestros modos de actuar” y lo que no nos ayuda, lo desechamos. Incluso aquellas conductas o maneras de pensar que a otros les pudieran resultar inadecuadas o contraproducentes, podrían resultar funcionales o haberlo resultado en el pasado para una persona y por ello podrían mantenerse en su repertorio, incluso aunque ya no sean tan adaptativas o aunque no lo parezcan a los ojos de los demás. Hay que entender que el repertorio de conductas de cada persona es único y responde a su historia de aprendizaje que también es única. Algunas cosas aprendidas en el pasado porque en su día ayudaron a la persona a manejarse y a funcionar en su entorno, podrían mantenerse hoy por hoy pese a que ya no sean tan útiles, simplemente por el hecho de haberse repetido mucho en el pasado y haberse consolidado fuertemente en el repertorio. Este efecto de consolidación que es producto de la repetición de ciertas conductas o ciertas formas de pensar es lo que nos permite hablar de estabilidad a la hora de referirnos a la personalidad.

Cuando una conducta es útil en cierta situación, también puede ser aplicada con resultados igualmente positivos en situaciones similares (efecto de generalización del aprendizaje), por lo que aprendemos a ampliar el uso de esa conducta. De esta manera, vamos aprendiendo ciertos comportamientos (acciones, ideas y creencias, respuestas emocionales…) que tendemos a repetir, quedando éstos cada vez más consolidados. Sin embargo, el que un patrón de comportamiento sea relativamente estable como resultado de haber sido ventajoso en varias situaciones, no quiere decir que sea determinante de nuestra conducta en otras situaciones diferentes. Lo único que quiere decir es que cuando una conducta ha sido reforzada aumenta la probabilidad de que se utilice en las mismas circunstancias o en parecidas, pero no porque estemos determinados a ello, sino porque HEMOS APRENDIDO que es ventajosa. Esto explica que recurramos con mayor facilidad a conductas ya asentadas en nuestro repertorio en lugar de probar otros comportamientos o interpretaciones nuevas. De esta manera, lo más probable es que los viejos hábitos de conducta se sigan consolidando, configurándose de esta manera lo que llamamos Personalidad.

 3)      La Personalidad puede ser modificada: Si entendemos la Personalidad como la venimos definiendo aquí (patrones de comportamiento relativamente estables en el tiempo y a lo largo de las situaciones que son producto de la historia de aprendizaje de cada individuo), podemos asumir, que en tanto que dichos patrones son aprendidos, también podrían ser modificados. Si nosotros quisiéramos, no tendríamos por qué sentirnos determinados a comportarnos como lo hemos venido haciendo en las situaciones por las que hemos pasado, porque nosotros tenemos la capacidad de decidir cómo queremos comportarnos sin necesidad de “atarnos” a nuestra historia de aprendizaje previa. Debemos tener en cuenta que la capacidad de aprendizaje y por tanto la capacidad de cambio de las personas es enorme, aunque no es menos cierto que cuanto más consolidado está un comportamiento, más difícil será modificarlo y más tenderemos a responder de la manera habitual ante las situaciones típicas. La historia de aprendizaje previa no nos determina, aunque sí hace más probables ciertas conductas. Esos patrones de pensamiento y actuación se terminan convirtiendo con el tiempo y la repetición en características individuales o “señas de identidad” a nuestros ojos y a los ojos de los demás, funcionando en muchos casos, como justificaciones para nuestros actos y como excusas para no implicarnos en un cambio, pese a que el cambio SÍ sería posible.

Del mismo modo que una conducta o una manera de pensar o interpretar la realidad se convierte en un hábito estable como consecuencia de la repetición, se puede seguir el camino inverso para “deshabituarnos”. Esto pasa por poner a prueba otros tipos de actuaciones o de interpretaciones alternativas ante las situaciones en las que solíamos recurrir a los patrones anteriores. Esto no será fácil, ya que en muchos casos los comportamientos más asentados aparecerán de manera casi automática ante los estímulos habituales, pero de nuevo, con la práctica y la repetición de las conductas o pensamientos alternativos, en cuestión de tiempo, los nuevos hábitos de actuación y pensamiento podrán sustituir a los antiguos.

Conclusiones…

El término PERSONALIDAD es tan solo una etiqueta descriptiva que utilizamos para aludir a un conjunto de comportamientos que son relativamente estables (en el tiempo y a lo largo de las situaciones) y que son producto de la historia de aprendizaje previa, pero al tratarse de patrones de conducta aprendidos, también pueden ser modificados. Esos hábitos podrían ser sustituidos por otros hábitos nuevos en el momento en que la persona quiera y se proponga realizar un esfuerzo de cambio, tal vez cuando perciba que algunas cosas de “su personalidad” no le gustan o ya no le son tan útiles y adaptativas como antes.

Miriam Rocha Díaz

Psicóloga, Equipo ERGO

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El “poder” de las palabras

Todos empleamos el lenguaje y el uso de las palabras no es algo casual.

Como humanos, tenemos una capacidad innata para desarrollar el lenguaje que nos ha permitido adaptarnos al entorno y evolucionar como especie, mientras hemos ido puliendo su uso. 

Somos capaces de hablar de sucesos pasados, de describir el presente y anticipar eventos futuros, pero no a modo de videntes, sino basados en nuestras experiencias previas. El lenguaje es muy rico y permite que mientras contamos algo, prácticamente nuestro interlocutor sienta algo similar a lo que nosotros vivimos en aquel momento.

El lenguaje también se adquiere mediante el aprendizaje y los procesos de condicionamiento clásico y operante. Los niños aprenden a decir “teté” porque después de decir ambas sílabas le han dado el chupete. Dirían chupete antes, si lo padres no reforzaran o “dieran por válida” la palabra “teté”. El lenguaje para ser efectivo, debe tener una función. Por ejemplo, a todos de pequeños un buen día nos dio por balbucear, algo que en un principio tenía un efecto de autoestimulación, para disminuir el aburrimiento, o porque el móvil de encima de la cuna nos resultaba tan emocionante que apenas podíamos evitar el balbuceo. Pero de repente, aparecían como mínimo tres adultos que automáticamente se ponían a repetir el sonido en cuestión y todo ello mientras nos miraban y sonreían. Es entonces cuando ese “juego” que en un principio era para nosotros, pasa a ser algo instrumental, es decir, empezamos a entender que el lenguaje influye en el entorno (ya no sólo disminuye mi aburrimiento, sino que los adultos me prestan atención).

El tema central de este artículo es que las palabras, por ser empleadas en un determinado ámbito, acaban por cobrar un significado muy concreto que provoca en nosotros una serie de sensaciones. La palabra EXAMEN está asociada a situaciones de ansiedad y nervios. Si entramos en un aula con alumnos que están charlando de forma distendida y de repente se dice la palabra EXAMEN, la mayoría de los presentes dejarían la actividad en la que estaban y pasarían a dirigirse a la persona que hubiera dicho EXAMEN.

Tampoco sentimos lo mismo si decimos que es HORRIBLE haber suspendido un examen que si nos decimos que nos “esforzaremos mucho más para la siguiente convocatoria”.

Bien, en nuestro día a día podemos analizar infinitas situaciones y el efecto condicionado que tienen las palabras. 

En las noticias cuando el presentador quiere anunciar la muerte de un personaje famoso que padecía CÁNCER, no dice esta palabra, sino MURIÓ TRAS LA LUCHA CON UNA LARGA ENFERMEDAD. No nos gusta escuchar CÁNCER porque nos genera malestar y por eso se emplean estas alternativas.

En ocasiones pasa lo contrario, se emplean palabras  para generar cambios en nosotros. De nuevo, en el telediario o en los anuncios de la DGT se puede describir con pelos y señales un accidente de tráfico para que provoque en nosotros alguna sensación desagradable y no nos habituemos a esos hechos. Se espera de nosotros que ese malestar sea el principio para conducir de una manera más responsable (otra cosa es que se aplique bien).

Hay un ámbito del que me gustaría hablar en especial, ya que tengo cierta experiencia en el campo. Es el área de la discapacidad, en ocasiones tengo que parar mi discurso para pensar en cómo se llama ahora la DISCAPACIDAD, hasta qué punto es correcto decir MINUSVALÍA, CAPACIDADES DIFERENTES O DIVERSIDAD FUNCIONAL. Si se dice RETRASO MENTAL los oyentes se revuelven en los asientos, pero si dices DISCAPACIDAD INTELECTUAL, las aguas vuelven a su cauce.

El caso es que aunque son palabras distintas, significan exactamente lo mismo. Cambiar las palabras no tiene sentido (sólo lo tendría de forma temporal), ya que al final la nueva palabra se asociará a su significado.

También podemos ver nuevas palabras que se van usando más. Ahora lo viejo, ya no se llama VIEJO, sino VINTAGE. Los solteros (o solterones que también cambia la connotación), ya no se llaman así, sino SINGLES que suena mucho más moderno y menos acusador. Tomar una cervezas con los amigos ofenderá menos a tu pareja si dices que te vas de AFTERWORK que si dices que VAS AL BAR.

Lo interesante de este análisis es que nos puede ayudar en nuestra vida cotidiana. Lo que nos decimos a nosotros mismos, (es decir lo que pensamos) tiene una función o elicita en nosotros determinadas sensaciones. 

Sabiendo esto, podemos alterar ese significado para sentirnos mejor. Si nuestra pareja nos ha dejado, decirnos que era EL AMOR DE NUESTRA VIDA (aunque tenemos la prueba objetiva de que no lo era, porque sino seguiría con nosotros) no nos ayudará nada. Será mucho mejor decirnos que no era la persona correcta, pero que al menos se intentó y no nos quedamos con la incógnita.

En definitiva, es interesante saber cómo hablamos a los demás y cómo nos describimos las situaciones, para poder detectar cómo nos afecta y si es para mal, que podamos tener la estrategia para aliviar ese estado.

De nuevo, deberemos centrarnos en la función que tienen las palabras y adaptarlas a las circunstancias.

Andrea López Bosch
Psicóloga, Equipo ERGO

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