El “poder” de las palabras

Todos empleamos el lenguaje y el uso de las palabras no es algo casual.

Como humanos, tenemos una capacidad innata para desarrollar el lenguaje que nos ha permitido adaptarnos al entorno y evolucionar como especie, mientras hemos ido puliendo su uso. 

Somos capaces de hablar de sucesos pasados, de describir el presente y anticipar eventos futuros, pero no a modo de videntes, sino basados en nuestras experiencias previas. El lenguaje es muy rico y permite que mientras contamos algo, prácticamente nuestro interlocutor sienta algo similar a lo que nosotros vivimos en aquel momento.

El lenguaje también se adquiere mediante el aprendizaje y los procesos de condicionamiento clásico y operante. Los niños aprenden a decir “teté” porque después de decir ambas sílabas le han dado el chupete. Dirían chupete antes, si lo padres no reforzaran o “dieran por válida” la palabra “teté”. El lenguaje para ser efectivo, debe tener una función. Por ejemplo, a todos de pequeños un buen día nos dio por balbucear, algo que en un principio tenía un efecto de autoestimulación, para disminuir el aburrimiento, o porque el móvil de encima de la cuna nos resultaba tan emocionante que apenas podíamos evitar el balbuceo. Pero de repente, aparecían como mínimo tres adultos que automáticamente se ponían a repetir el sonido en cuestión y todo ello mientras nos miraban y sonreían. Es entonces cuando ese “juego” que en un principio era para nosotros, pasa a ser algo instrumental, es decir, empezamos a entender que el lenguaje influye en el entorno (ya no sólo disminuye mi aburrimiento, sino que los adultos me prestan atención).

El tema central de este artículo es que las palabras, por ser empleadas en un determinado ámbito, acaban por cobrar un significado muy concreto que provoca en nosotros una serie de sensaciones. La palabra EXAMEN está asociada a situaciones de ansiedad y nervios. Si entramos en un aula con alumnos que están charlando de forma distendida y de repente se dice la palabra EXAMEN, la mayoría de los presentes dejarían la actividad en la que estaban y pasarían a dirigirse a la persona que hubiera dicho EXAMEN.

Tampoco sentimos lo mismo si decimos que es HORRIBLE haber suspendido un examen que si nos decimos que nos “esforzaremos mucho más para la siguiente convocatoria”.

Bien, en nuestro día a día podemos analizar infinitas situaciones y el efecto condicionado que tienen las palabras. 

En las noticias cuando el presentador quiere anunciar la muerte de un personaje famoso que padecía CÁNCER, no dice esta palabra, sino MURIÓ TRAS LA LUCHA CON UNA LARGA ENFERMEDAD. No nos gusta escuchar CÁNCER porque nos genera malestar y por eso se emplean estas alternativas.

En ocasiones pasa lo contrario, se emplean palabras  para generar cambios en nosotros. De nuevo, en el telediario o en los anuncios de la DGT se puede describir con pelos y señales un accidente de tráfico para que provoque en nosotros alguna sensación desagradable y no nos habituemos a esos hechos. Se espera de nosotros que ese malestar sea el principio para conducir de una manera más responsable (otra cosa es que se aplique bien).

Hay un ámbito del que me gustaría hablar en especial, ya que tengo cierta experiencia en el campo. Es el área de la discapacidad, en ocasiones tengo que parar mi discurso para pensar en cómo se llama ahora la DISCAPACIDAD, hasta qué punto es correcto decir MINUSVALÍA, CAPACIDADES DIFERENTES O DIVERSIDAD FUNCIONAL. Si se dice RETRASO MENTAL los oyentes se revuelven en los asientos, pero si dices DISCAPACIDAD INTELECTUAL, las aguas vuelven a su cauce.

El caso es que aunque son palabras distintas, significan exactamente lo mismo. Cambiar las palabras no tiene sentido (sólo lo tendría de forma temporal), ya que al final la nueva palabra se asociará a su significado.

También podemos ver nuevas palabras que se van usando más. Ahora lo viejo, ya no se llama VIEJO, sino VINTAGE. Los solteros (o solterones que también cambia la connotación), ya no se llaman así, sino SINGLES que suena mucho más moderno y menos acusador. Tomar una cervezas con los amigos ofenderá menos a tu pareja si dices que te vas de AFTERWORK que si dices que VAS AL BAR.

Lo interesante de este análisis es que nos puede ayudar en nuestra vida cotidiana. Lo que nos decimos a nosotros mismos, (es decir lo que pensamos) tiene una función o elicita en nosotros determinadas sensaciones. 

Sabiendo esto, podemos alterar ese significado para sentirnos mejor. Si nuestra pareja nos ha dejado, decirnos que era EL AMOR DE NUESTRA VIDA (aunque tenemos la prueba objetiva de que no lo era, porque sino seguiría con nosotros) no nos ayudará nada. Será mucho mejor decirnos que no era la persona correcta, pero que al menos se intentó y no nos quedamos con la incógnita.

En definitiva, es interesante saber cómo hablamos a los demás y cómo nos describimos las situaciones, para poder detectar cómo nos afecta y si es para mal, que podamos tener la estrategia para aliviar ese estado.

De nuevo, deberemos centrarnos en la función que tienen las palabras y adaptarlas a las circunstancias.

Andrea López Bosch
Psicóloga, Equipo ERGO

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