Medicalizar la vida cotidiana

pastillas21Estudios recientes muestran que desde el año 2000 se viene produciendo un incremento en la prescripción y gasto en psicofármacos. España se encuentra desde hace años muy por encima de la media europea en consumo de antidepresivos y de ansiolíticos. Las cifras resultan clarificadoras: En 2010 se vendieron 76,9 millones de envases de psicofármacos, cada año se genera al sistema de salud un gasto de 188,2 euros por consumidor y un solo paciente con Ansiedad Generalizada genera un  gasto anual de 5.130 euros. Sin embargo, las investigaciones cada vez sustentan menos la eficacia de dichos fármacos para tratar problemas psicológicos como la ansiedad y depresión y en su lugar, van recibiendo mayor apoyo las intervenciones de carácter psicológico, en cuanto a eficacia se refiere. No obstante, dentro del Sistema de Salud español aún no se han realizado los cambios necesarios que permitirían un mejor abordaje de estos problemas (que representan entre el 30-40% de las consultas en Atención Primaria), por lo que la solución más rápida y sencilla sigue siendo la prescripción de un fármaco que palie los síntomas del paciente. Sin embargo, a largo plazo los problemas se mantienen y cronifican (pues una pastilla no enseña a la persona a superar sus problemas), derivando en grandes gastos para el estado y sufrimiento para la persona.

Héctor González Pardo y Marino Pérez Álvarez publicaron en 2007 el libro “La invención de los trastornos mentales” (Alianza Editorial) en el que reflexionan sobre la naturaleza de los problemas psicológicos y sobre esta tendencia existente en la comunidad médica de concebirlos como enfermedades mentales con causa biológica (desarreglos bioquímicos del cerebro) y por tanto, a tratarlos a través de psicofármacos (siendo coherentes con esa concepción biomédica). Esta concepción de los problemas psicológicos como enfermedades mentales es el modelo asumido por buena parte de los profesionales de la salud y, como vemos, tiene implicaciones en la atención sanitaria que se ofrece.

medicina2El modelo de “enfermedad mental” al uso en contextos sanitarios (tanto en Atención Primaria como en Salud Mental) da a entender que los problemas psicológicos (psiquiátricos o mentales) son “enfermedades como otra cualquiera”. Este modelo se basa en dos premisas:

  1. Definir el problema presentado por la persona a través de un listado de síntomas.
  2. Suponer que el problema deriva o es causado por un desequilibrio neuroquímico.

Ninguna de estas asunciones es del todo correcta, o al menos así de simple:

Manual DiagnósticoRespecto al primer punto, la definición del problema a través de un listado de síntomas viene facilitada por los manuales diagnósticos establecidos: el DSM o la CIE, que son los sistemas de clasificación de las enfermedades utilizados internacionalmente por la comunidad científica y médica. Estos manuales enumeran una serie de conductas o “síntomas” prototípicos que podrían aparecer si se dan determinados problemas psicológicos.  Con tal de reunir 5-6 síntomas de una serie de 10 ó 12, uno poseería un diagnóstico formal (depresión, ansiedad, trastorno de pánico, fobia social, etcétera). No obstante, los síntomas que cumpliría una persona con el diagnóstico de depresión, podrían ser diferentes a los que cumple otra y sin embargo, ambos recibirían la misma etiqueta diagnóstica y el mismo tratamiento farmacológico (en este caso antidepresivos).

 Jigsaw pieceLa entrevista diagnóstica que hace el médico de Atención Primaria o el psiquiatra es, bajo esta perspectiva y como describe Marino Pérez, (2008) “un puzzle en el que el paciente tiene las piezas y el clínico trata de encajarlas en un cuadro, escogiendo unas y dejando fuera otras. Una vez resuelto dicho puzzle (diagnóstico), lo siguiente es la prescripción del psicofármaco de turno”.

Con esta manera de conceptualizar los problemas psicológicos que tiene el modelo médico, el problema no sólo queda reducido a una lista de síntomas (un síndrome), sino que es despojado de su sentido psicológico (de las circunstancias de vida y del contexto biográfico, personal y ambiental en el que la persona interactúa) que es lo que proporciona la clave para entender cómo se ha generado ese problema y por qué se mantiene.

Respecto al punto dos, al presuponer un desarreglo neuroquímico como base del problema, se justifica precisamente la derivación de un tratamiento farmacológico y hace necesaria la asignación de un diagnóstico que permita decidir el fármaco más adecuado (si se trata de un problema de ansiedad, se prescribirá un ansiolítico y si se trata de una depresión, un antidepresivo). Una vez hecho el diagnóstico y prescrito el fármaco, lo siguiente será modificar la dosis en función de la evolución de los síntomas. El problema con el que nos encontramos es que los problemas que presentan las personas no son ni tan puros ni tan sencillos como para ser solucionados por una pastilla.

PsicólogoEn lugar de “escuchar a la persona” y entender cuál es la causa real de su malestar y de su problema se opta por lo que Marino Pérez ha denominado “escuchar al fármaco” (atender a los efectos que causa la medicación en la conducta del paciente para valorar la intervención, sin atender a si se ha dado alguna modificación en sus circunstancias vitales o en sus habilidades de afrontamiento). Como vemos, es toda la lógica del sistema, empezando por el modo de conceptualizar el problema y continuando por el modo de intervenirlo, la que está errada. Los propios médicos cada vez son más conscientes de las limitaciones del sistema cuando se trata de intervenir problemas psicológicos y de la necesidad de incorporar la atención psicológica ya desde el Servicio de Atención Primaria, lo que reduciría las largas listas de espera de la especialidad de Salud Mental y mejoraría la calidad asistencial.

Por su parte, la investigación psicopatológica no ha logrado establecer con base suficiente ningún desequilibrio neuroquímico específico en relación con ningún trastorno mental y menos, ha podido probar que los desequilibrios neuroquímicos sean causa de los problemas psicológicos o los trastornos mentales o sólo correlacionen con estos. Estos desequilibrios son más una suposición del modelo psicofarmacológico que algo evidenciado por datos y parece que tienen que ver más con dispositivos del marketing farmacéutico que con hallazgos científicos reales. De hecho, hay muchas investigaciones que aportan pruebas de la escasa eficacia de los psicofármacos para la eliminación de los problemas psicológicos. Algunas de estas investigaciones son las llevadas a cabo por el psicólogo Irving Kirsch con fármacos antidepresivos, encontrando que éstos no son significativamente más eficaces que cualquier otro placebo. A estos datos se suman los que demuestran que la intervención psicológica es el tratamiento más eficaz a medio y largo plazo para la depresión, reduciendo la probabilidad de recaída. Puede verse las explicaciones de Irving Kirsch en este interesante vídeo:

Una conceptualización alternativa de los problemas psicológicos

La conclusión de todo esto es que los trastornos psicológicos no son enfermedades que derivan de una base orgánica o biológica, sino que tienen, como su nombre indica, causa psicológica. Emergen durante la interacción cotidiana de la persona con su entorno, cuando en este proceso de interacción aparece algo que la persona no sabe afrontar o que afronta de un modo inadecuado, derivando en malestar y otros problemas. Dada esta conceptualización, la intervención más adecuada es la Intervención Psicológica, consistente en: 1) Analizar las características del problema (sin importar tanto si se llega a cumplir algún criterio diagnóstico o no, puesto que se entiende que cualquier conducta que genere malestar a la persona es lo suficientemente relevante para ser intervenida y modificada) y 2) Ayudar a la persona no sólo a entender su problema, sino también a desarrollar las habilidades necesarias para solucionarlo. Esto capacita a la persona para resolver el problema actual y le permite adquirir una serie de aprendizajes que le ayudarán a prevenir problemas futuros.

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En lugar de funcionar como parche para unos síntomas, la terapia psicológica resuelve el problema de raíz, interviniendo en las conductas problema y en las variables ambientales que son causantes de las mismas.

Referencias:

González Pardo, H. y Pérez Álvarez, M. (2007). La invención de trastornos psicológicos. ¿Escuchando al fármaco o al paciente? Alianza Editorial.

Miriam Rocha Díaz

Psicóloga, Equipo ERGO

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